El cambio en una vida ¿Volver al ’68?

Paloma A. González Loché

De un tiempo a esta parte, la presencia pero sobre todo la ausencia de mi mascota fueron determinantes para cambiar mi vida. Ayer se habrían cumplido nueve años de su llegada a mi casa para transformarse en un nieto peludo a cuatro patas compartiendo conmigo veinticuatro horas al día: mañana, tarde y noche. Se llamó Mel, versión corta de Melchor, ya que me lo trajeron ―»los Reyes». Fue el mejor regalo de mi vida. Era ―de «raza» y nació con los problemas de la raza pura. Tanta ocupación, porque había que estar muy pendiente de él, me retiró de muchas de mis actividades previas, y escribir era la fundamental: toda la carga como escritora fue previa a su llegada a mi vida e interrumpí muchas de mis actividades. Incluso mis artículos, antes muy cargados de vivencias políticas, o temas sociales que más bien constituían llamadas de alerta, se vieron cortados o distanciados. Ocasionalmente me lanzaba a algún artículo puntual por cuestiones concretas. Después de su muerte, el vacío. Sigo con el duelo, pero espero que el 2020 me haga cobrar nuevos bríos, unos forzosos y los otros porque no voy a dejarme abatir.

Yo era del grupo de los que en mayo del ’68 corría en la Complutense cantando ―»No nos moverán» y ―»España socialista, sí me moverá» y recuerdo la Constitución del 78 como ―»el no va más». Entonces no había comenzado a estudiar Derecho y no comprendí que lo que firmábamos iba a traer consecuencias tan terribles por la irresponsabilidad política, dada la ley electoral que hay que cambiar, con la que todos los presidenciables cedieron al chantaje —llamémoslo por su nombre— de las autonomías para conseguir el gobierno. Súmese la corrupción de TODOS los Partidos políticos y que tengamos registrados en Interior más de 4.500. ¿No es ridículo?

Nos han estado engañando continuamente y nosotros, en lugar de hacer lo poco que nos permiten las leyes: recordarles que somos el PUEBLO SOBERANO y no ellos, seguimos discutiendo entre nosotros y permitiendo que nos lleven al huerto cuando unos dicen ―»son de ultraderecha» y otros ―»que son la ultraizquierda» pero con miedo a gritarlo para que no los acusen de fascistas… aunque los que se autollaman progresistas siempre lo hacen sin ser conscientes que el fascismo si no has desfilado junto a Mussolini, ha de referirse a actitudes y mucho me temo que también las tienen o incluso peores.

Como rebelde convencida desde el franquismo ¡no permitiré que nuevos ―»salvadores» vengan a manipular mi mente ni mi vida! Insto a todo aquel que tenga neuronas hábiles a indagar todo cuanto nos ocultan. Corrupción a espuertas de unos y otros y los que se vendían como ―»no casta» fueron más de lo mismo o peor. A las pruebas me remito con todo lo que va saliendo a la luz. La lucha no es entre nosotros: es contra representantes que no representan a nadie más que a ellos mismos y su deseo de ―»poltrona». Unámonos: socialdemócratas y conservadores (se acabaron los insultos de extremos) porque ¡nos la jugamos! En democracia ―»no caben los extremos» ¡entérense!

Y si los hay y tenemos pruebas: tendremos que expulsarlos, sean de uno u otro bando, cambiando el artículo 11 de la Constitución, si es menester, cuando existe traición o grave daño a la patria: sean o no españoles ―»de origen». Y al margen de esto la pérdida de todos sus derechos económicos — como serían las prestaciones— y privación de derechos civiles si el daño causado es grave y esto muy concretamente referido a políticos que pudieron evitarlos. Exijamos la revocación de sus privilegios, así como responsabilidad penal y expulsión como seres ―»non gratos».

Tendremos que instaurar el impeachment y la destitución inmediata en caso de flagrante mentira. Y mucho más si existe connivencia con otros países en perjuicio del nuestro. Esto es evidente. No hay maldad ni resentimiento, hay mero sentido común.

 

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