Creo que estoy dando a luz…

Paloma A. González Loché

Aquel largo verano con ardores de estómago que no deseo a nadie y a base de horchatas y fruta como alimento principal parecía que no llegaba a término. Mi bebé nacía con retraso y el pelo causa esos estragos. Dicen.

La frase “creo que estoy dando a luz” la repetí alguna vez pero, como primeriza, nadie me prestó demasiada atención. Entre otras cosas porque tuve un amago justo el día que murió Cecilia, un 20 de agosto de 1976. Por eso lo recuerdo tan bien. Y nadie me hizo demasiado caso al volver del hospital… ¿Y cómo iba a saberlo yo?

Para el retoño habíamos barajado distintos nombres. Él se ocuparía de los masculinos y sería Antonio sin lugar a dudas; aunque apuntó un femenino como: Eva. Los de chica los manejé yo y seleccioné: María Gracia, Genève (que no Ginebra, aunque me habría gustado) y rechacé Paloma de plano (nunca me gustó demasiado). Había barajado el nombre de mi abuela paterna: Amada pero el destino vino a cambiar las cosas. En aquella época no se “descubría” el sexo del futurible.

Un buen día el sofocante calor dio paso a una ventolera que anunciaba una tormenta de padre y muy señor mío. A las 6 de la mañana digo: “creo que estoy dando a luz…”. Mi marido me mira en mitad del sopor y ve que había empapado el suelo. Con nosotros había venido a dormir un amigo (ya experto y dijo): “rotura de aguas”. Así que el amigo pendiente de tomar un vuelo: era auxiliar, nos acompañó antes de ir al aeropuerto, después de dejarnos en el hospital de San Lorenzo de El Escorial donde nacería, esta vez sí, un nuevo “gurriato” o “gurriata” (como se conocen a los allí nacidos). Y me dan la sorpresa de que va para largo… como a la tarde. Dijeron.

La tormenta fue de rayos, truenos y centellas ¡con el pánico que me producen! Y pasé el tiempo rezando: “Santa Bárbara, bendita, que en Cielo estás escrita, con papel y agua bendita, líbranos de todo mal” haciendo ochos con el índice y el pulgar de ambas manos y ¡zas! Adiós electricidad. Mi marido, también primerizo, no tuvo otra feliz idea que darme palmaditas en las mejillas cada vez que tenía una contracción, cada vez más frecuentes y cuando pasa una de ellas le digo que vaya a desayunar y me deje tranquila. ¡Vaya tela!

Digo a una limpiadora: “Creo que estoy dando a luz” y me mira con conmiseración diciéndome, “tranquila, que va para largo” pero es tan cauta que llama al médico y…

A las 11:00 de la mañana tiene lugar el más importante y bello acontecimiento de mi vida. Tengo una preciosísima hija a la que sólo pude llamar: Bárbara, dadas las circunstancias. Con un cielo repleto de artillería.

Unos años después… revivo la misma emoción y mi cariño. ¡Qué suerte tuve de tenerte! Gracias, mi vida. Gracias, Bárbara.

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