Hoy me lavaron la cara…

Paloma A. González Loché

Primero fue Mortadelo… uno de los perros de una amiga mía y aproveché para llenarlo de mimos y ¡plaff! Se me subió al regazo y así estuvo mimado, acariciado unas cuantas horas.

Fito no me lavó la cara, pero hizo lo que hace siempre: llenarme de amor y sentarse a mi lado después de demostrar su enorme alegría por verme. ¡Oh! Lo olvidé. Fito es el otro perro de mi amiga. Ella tenía que hacer algunas cosas y ahí la estuvimos esperando los tres.

Mortadelo; Morti, para los amigos, no se cansó de llenar mi antebrazo de besos todo el tiempo. Por el contrario, Fito, se tumbó a mi lado, totalmente feliz y espero que muy a gusto, hasta que llegó el turno de la pelota y ahí se desparramó del todo, cuando su dueña apareció con una. Pese a todo, se mantuvo a mi lado hasta la “recogida”. Hasta que su dueña se los llevó a casa al final de la tarde.

Y emprendí el retorno a mi hogar. Por el parque encontré a otro perrito adorable. ¿Será cierto que notan que algo no funciona contigo? Se acercó moviendo su simpática colita y me agaché para hacerle una caricia. Realmente fueron muchas. Y ¡cómo no! Acabé mostrando a mi bello Mel, cuya imagen sigue en mi móvil y seguirá (supongo) durante mucho tiempo, y explicando a sus dueños que algo en mí se viene abajo cuando veo a perros.

Los entiendo. Dicen “sólo les falta hablar” y es una mentira podrida. Sólo mirando a un perro a los ojos sabes perfectamente lo que te están diciendo. Ese perro me decía: “te hago fiestas porque eres buena gente y estás triste”. Y aquello era increíble. Porque yo me creo buena gente y estoy triste. Aguanté como pude, mostré la foto de mi perro a sus amos y él pareció calmarse. Supuso que hablar con ellos me aliviaba porque quedó mucho más tranquilo. Cuando me fui, volvió a la carga de los mimos. ¡Dios, cómo los quiero!

Y ya a medio camino de mi casa, topé con una “peligrosísima” American Sttaford (qué imbécil es la gente). Una cachorrita deliciosa que tan pronto vio que me agachaba se lanzó literalmente a lavarme la cara, subirse encima y hacer todas esas cosas que los dueños impiden y me renovó. Sí. Dije: renovó.

A sus lametazos siguieron mis abrazos, mis cariños, y estoy por no volver a lavarme la cara, al menos en dos horas.

Y ahora va y echo de menos los lametones, los achuchones y hasta los ronquidos de estos impresionantemente insustituibles cuatro patas que tocan el corazón hasta las trancas. Mi adorado Mel…

O al menos el mío. Quería compartirlo…

 

 

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