El mundo de las tecnologías

Paloma A. González Loché

En menos de cincuenta años hemos pasado de la charla humana distendida al teléfono y a las reuniones cada vez más espaciadas y de la comunicación verbal y directa a la táctil con yemas de los dedos.

¡Hoy todo el mundo aprendió ya mecanografía!

Desde el comienzo del segundo milenio era raro el domicilio que no tenía un ordenador (alias computadora, allá en las Américas). Con su llegada, muchos de nosotros nos incluimos en grupos de chats. Era una forma de comunicarte con personas menos cercanas e incluso con personas con las que se podría quedar a tomar un café, pero resultaba mejor hacerlo cómodamente “desde casa”. Con el MSN que

algunos todavía recordarán, se podían formar grupos y hablar desde muy diversos lugares del mundo… ¡qué tiempos aquellos! Y la cosa continuó avanzando.

Ya teníamos móvil. Un secuestro directo pues no siempre deseas estar tan localizable, aunque se pudiera limitar el acceso e incluso apagarlo. Y de aquellos primeros móviles que servían para llamar, recibir llamadas y enviar y recibir mensajes ¡pasamos a miniordenadores de bolsillo… ¡Éstos ya, son capaces de hacer fotos, vídeos, navegar y muchísimas cosas más!

Y ni con eso hemos cubierto nuestro propio record. Todo se sabe al instante, estés donde estés en el mundo. Incluso la prensa ya es digital por no hablar de libros. Y fuimos a más: la posibilidad de comunicarnos ya no con una persona sino en grupo, vía Whatssap. Desde hace bastante tiempo, mi relación con las amistades se ha centrado en esta modalidad como contacto directo, incluso con la familia. ¿Es útil? Pues… como todo en la vida. Sólo si sabemos diferenciar el uso del exceso y la línea se difumina.

Hasta las compras: desde ropa a comestibles se hacen en Internet e incluso los trámites bancarios. Lo irritante. ¡¡¡Te obligan a tener un móvil!!! Si no lo tienes, no eres persona. Desde organismos a entidades bancarias, a cualquier establecimiento público o privado e incluso centros de salud, exigen que tengas un número móvil para gestionar cualquier operación.

¿Nos hemos deshumanizado? Temo que sí. Todo ello comienza a parecer ciencia-ficción y empiezo a rebelarme. Algo cambió. Demasiado.

Recuerdo la avidez con la que leía a Enid Blyton, los libros de Celia, Salgari, Julio Verne y apuesto mil contra una a que ninguno de los jóvenes de hoy saben de qué hablo. Yo había leído con diez años la Iliada y la Odisea… y no entiendo cómo pude caer en el culto al e-book: a lo mejor porque puedes poner una letra más grande y por ahorrar espacio… y es una pena.

 

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